En la vida mucha gente se queja de la falta de oportunidades, de la falta de posibilidades, pero cuando se presentan no quieren tomarlas. O no quieren verlas. Pero esta no fue la historia de Morteza Mehrzad, quien supo ver en una enfermedad, su crisis, la oportunidad de su vida. Y supo ver lo positivo, de algo que, para muchos, sería una condena al padecimiento.
Morteza nos muestra, en esta historia, contada al detalle por el periodista argentino Tomás Padilla, que ser grande es una cuestión de actitud, no de aptitud.
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La periodista argentina Leila Guerriero escribió en 2007 un gran perfil sobre el ex basquetbolista argentino Jorge González, aquel hombre de dos metros y treinta y un centímetros que jugó en la selección nacional, fue elegido en el draft de la NBA y terminó en bancarrota, muriendo en soledad, postrado en la cama de un hospital. “El gigante que quiso ser grande”. Irán tiene en actividad a su propio ‘Gigante’ González: el voleibolista paralímpico Morteza Mehrzadselakjani, conocido como Mehrzad, de dos metros y cuarenta y seis centímetros. El hombre más alto de Irán, de la historia de los Juegos Paralímpicos y el segundo más alto del mundo, sólo detrás del turco Sultan Kösen. Y si hablamos de paralelismos deportivos entre Argentina e Irán -específicamente en voleibol-, Teherán acogió entre 2011 y 2014 al argentino Julio Velasco -según la Federación Internacional de Voleibol, el mejor entrenador del siglo XX-, quien los consolidó como una potencia mundial (dos campeonatos de Asia de forma consecutiva) y modificó el futuro de uno de los deportes más importantes del país, que entra en estado de cuarentena cada vez que se juega un partido trascendental.
Leila escribiría algo así sobre Morteza: “Un resumen diría lo que sigue: que Morteza Mehrzad nació el 17 de septiembre de 1987 en Chalus, Mazandaran, al norte de Irán. Diría también que a los dieciséis años ya medía un metro y noventa centímetros. Que un año antes sufrió una grave fractura de pelvis a raíz de un accidente en bicicleta, lo que detuvo el crecimiento de su pierna derecha -la cual ahora es quince centímetros más corta que la izquierda-, y por eso utiliza una silla de ruedas o muletas para moverse. Que el entrenador del equipo nacional iraní de voleibol sentado, Hadi Rezaei, vio a Morteza en un programa de televisión que presentaba a personas con anomalías físicas y talentos inusuales, y allí descubrió su potencial. Que después de entrenar en algunos clubes regionales de Irán lo llamaron para jugar en la selección y se preparó para los Juegos Paralímpicos de Río 2016, dónde obtuvo la medalla de oro. Diría también que todo eso le sucedió a Morteza Mehrzad por ser una criatura extraordinaria de dos metros y cuarenta y seis centímetros de alto -un gigante-, y que a eso -a esa altura- le debe toda su suerte. Le debe toda su desgracia”. Desgracia porque cinco años antes de cruzarse con el vóley, su vida era muy diferente. La estabilidad emocional de Morteza pendía como un fruto flojo en un árbol. Vivía encerrado, aislado del mundo en un pueblo costero al norte del país. "Estaba solo y deprimido", confesó en una entrevista a la televisión iraní.
Morteza -al igual que Jorge González- padece acromegalia, una enfermedad que hace que el cuerpo produzca hormona de crecimiento en exceso, secretada por la glándula hipófisis. Es una patología poco frecuente, que afecta entre cuarenta y setenta personas por millón, y puede presentar complicaciones como la diabetes, hipertensión, cardiopatías y trastornos visuales. En el voleibol sentado la red está a 1,15 metros del suelo, un metro y treinta y un centímetros por debajo de la altura de Morteza. Es por eso que algunos países consideraron su inclusión “una ventaja”, acusación que rápidamente fue desestimada por el Comité Paralímpico Internacional. También su participación la analizaron desde el punto de vista táctico. "Fue como si Irán viera la buena posición en la que se colocaba Brasil con su altura", dijo Greg Walker, entrenador del equipo de voleibol sentado estadounidense. The New York Times apoyó esa hipótesis y argumentó que Irán “ha llevado esa carga al extremo, cultivando a Mehrzad durante un lapso de cinco años para contrarrestar a Anderson Ribas da Silva, el extraordinario atacante y bloqueador de Brasil”. La aparición de Morteza -siguió el diario norteamericano- es “un axioma que es tan cierto en el voleibol sentado como en la NFL (National Football League)”, porque “cuando un equipo desarrolla una estrategia exitosa, otros se esfuerzan por duplicarla”.
¿De qué se trata el vóleibol paralímpico?
El vóley sentado, creado en los Países Bajos en 1956 como una actividad de rehabilitación para los soldados heridos, se convirtió en uno de los deportes más populares dentro del mundo paralímpico y en una disciplina oficial para hombres en los Juegos de Arnhem (Países Bajos) 1980 y para mujeres en Atenas (Grecia) 2004. Un partido tiene cinco sets como máximo y cada uno de ellos lo gana el primer equipo que alcanza veinticinco puntos o quince en el quinto set (con dos puntos de diferencia sobre el rival). Las reglas son las mismas que se utilizan en el voleibol tradicional, aunque sufre algunas modificaciones puntuales. Por ejemplo, la cancha es más pequeña (10m x 6m) y la red, más baja (1,15m para la categoría masculina y 1,05m para la femenina).
Una de las principales reglas exige que los jugadores deben estar sentados, y al menos una parte del torso en contacto con el suelo al momento de tocar la pelota. A modo de excepción, está permitido no mantener el contacto con el suelo si, al momento del impacto, se está llevando a cabo una acción defensiva por debajo de la altura de la red. Por último, los atletas deben moverse por la cancha deslizándose sólo con la fuerza de sus brazos, sin dejar de estar sentados.
Rio 2016, el punto de inflexión
“No voy a mostrar todas mis armas desde el primer momento”, advirtió Hadi Rezaei cuando la prensa lo consultó sobre Morteza. Llegó el día de la final. El Pabellón 6 de Ríocentro, en Brasil, se rindió ante la figura de Morteza. Irán derrotó 3-1 a Bosnia y Herzegovia -que defendía el título- y consiguió su sexto oro paralímpico. Pocas veces ocurre que un atleta, en un deporte de equipo, trascienda por encima de la única verdad absoluta: el resultado. Morteza Mehrzad puede decir que integra esa pequeña élite. Convirtió veintiocho puntos, más de un set ganado por él sólo, y brindó una clase gratuita de bloqueos, remates y servicios para desmaterializar a los bosnios. Pero, lo más importante, dio una lección de vida. Antes de empezar a jugar al voleibol sentado, cuenta en una entrevista con el sitio de los Juegos Paralímpicos, la gente lo miraba con la boca abierta, de forma extraña. Después de ganar el oro, las personas se acercan porque lo quieren conocer y tomarse selfies. El deporte es vital para las personas con discapacidad, porque los ayuda a levantar su ánimo y desarrollar confianza en sí mismos. A luchar contra su tribuna contraria, su monólogo mental. “Le dimos motivos para tener esperanzas. Se convirtió en un campeón”, dijo Rezaei.
Desde el debut en Seúl 1988, oro paralímpico y equipo iraní de voleibol sentado se transformaron en términos complementarios, indisolubles. La selección asiática descifró la matemática secreta para alcanzar la final en las últimas cinco ediciones y ganar el oro seis veces en once participaciones. Matemática que parece haberse multiplicado con la llegada de Morteza al equipo (en 2018 Irán ganó el campeonato del mundo). “Es sólo el cincuenta por ciento de lo que podría ser en este momento. En dos años será el mejor jugador de todos los tiempos”, avisó Rezaei en los Juegos de Brasil. En Tokio 2020, los rivales tendrán un problema deportivo y uno semiótico. Contrarrestar a Morteza e intentar descifrar su lenguaje corporal, ajeno a la gregaria del voleibol paralímpico. Razei buscará, además del séptimo oro de Irán, terminar de confirmar la hipótesis que instaló en Río de Janeiro cinco años atrás. Porque Morteza es su mayor hallazgo. Su descubrimiento accidental, valioso e inesperado.
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