“La memoria de una comunidad no sólo está hecha de fotos, testimonios y documentos, libros y obras de arte; está integrada también por lugares testigo, por paredes impregnadas de gente y de hechos; por ámbitos irreemplazables donde el recuerdo y la imaginación pueden evocar trozos de historia viva...” (Eliahu Toker, “Sus nombres y sus rostros”, Editorial Milá, AMIA, 1995)
***
El 18 de Julio de 1994 a las 9:53 de la mañana un atentado terrorista hizo explotar la sede de la AMIA en el corazón de la ciudad de Buenos Aires, Argentina. El atentado, considerado el peor ataque contra la comunidad judía fuera de Israel desde la Segunda Guerra Mundial, dejó el doloroso saldo de 85 muertos y más de 300 heridos. Tras una larga investigación cargada de sin sentidos, de acusaciones encontradas, de pruebas perdidas y que se llevó 21 años después la vida del fiscal de la Nación Alberto Nisman, Argentina acusó formalmente a Hezbollah y al gobierno de Irán de ejecutar y planear la masacre, pero 27 años después sigue sin haber detenidos y el de AMIA permanece como un atentado impune.
Una vez más, como cada año, a las 9:53, una sirena sonará en el lugar donde alguna vez existió el edificio de siete pisos que albergó a la mutual israelito argentina. El sonido agudo recorre el cuerpo, produce escalofríos y es imposible no llorar. Hay que estar en el lugar para imaginar la dimensión trágica de aquella mañana de invierno en Buenos Aires. La calle Pasteur, donde alguna vez la AMIA tuvo su puerta de ingreso principal, es hoy un callejón lleno de comercios, pero hace más de un cuarto de siglo se llenó de polvo, escombros, gritos y dolor.
Como cada año, la comunidad judía y los familiares de las víctimas reclamarán justicia. Levantarán las fotos de casi 400 personas que sufrieron el dolor de la explosión. Cada una de esas víctimas tienen su historia, que quedó trunca.
Entre todas esas historias está la de Bernardo “Buby” Mirochnik. El 18 de Julio de 1994, como todos los días, “Buby” de 62 años, salió de su casa en el barrio porteño de Villa Crespo rumbo a la AMIA, en donde trabajaba desde hacía 10 años. Entraba a las 6 de la mañana. Era una mañana muy fría, y Bernardo se dirigió al subsuelo de la AMIA, en donde funcionaba la cocina, y se puso la chaqueta azul que tanto amaba. Era el mozo de la AMIA, aquel que recorría los siete pisos del edificio llevando café a los empleados, siempre con una sonrisa, y silbando por lo bajo.
Esa mañana, sin embargo, a las 9:53 todo se volvió negro. La explosión sacudió el edificio y lo desmoronó como un castillo de naipes. “Buby” bajaba la escalera del primer piso al subsuelo, hacia la cocina, cuando la bomba explotó. Sus dos compañeros de trabajo quedaron atrapados entre los escombros, pero resguardados por una columna. Oyeron a Bernardo pedir socorro durante tres horas, hasta que no lo escucharon más.
Varias horas después, el cuerpo de Buby fue hallado bajo una puerta por el rescatista Fernando Souto. Recién tres días después del atentado, el cuerpo de “Buby” llegó a la morgue y se le notificó a uno de sus hijos, Omar, que podía ir a reconocerlo. La magnitud del atentado fue tal que la mayoría de los cuerpos de los 85 fallecidos tardaron varios días en llegar a la morgue y ser reconocidos por sus familiares. En medio, la desesperación de no saber si las personas desaparecidas estaban vivas, enterradas bajo los escombros, mientras las horas se consumían a la par de las opciones de encontrarlas con vida.
De entre las cenizas del terror, un tango
Antes del atentado a la AMIA, “Buby” era mucho más que un mozo. Su gran pasión era el tango. Tras su muerte, sus tres hijos se repartieron sus pertenencias. Omar se quedó con una pequeña valija negra que tenía en su interior los cassettes con los tangos que su padre escuchaba. Todos estaban cuidadosamente rotulados, menos uno. Había un cassette que no tenía ni nombre, ni fecha.
Nunca había llamado la atención de Omar, hasta varios años después del atentado. “Un día, dejé ese cassette hasta el final de un lado. De pronto el sonido cambió y pensé que algo estaba mal. Y de repente, era mi papá cantando un tango... Fue una sorpresa, una emoción. Es que no decía nada el cassette, ni ‘grabación de Buby’, nada, eso se lo agregué yo para no volver a perderlo” explica Omar.
Este año, la AMIA decidió homenajear a las víctimas del atentado con la acción “Vivirán tanto como nosotros porque los recordamos”. El slogan se difundió en las redes sociales hace ya un par de meses. Omar recordó ese cassette -en el que Buby canta ‘La última copa’, un tango del año 1926 cuya letra pertenece a Juan Caruso, y la música es obra de Francisco Canaro y los acercó a la mutual judía.
Enseguida, Elio Kapszuk, director del área de Arte y Producción de la institución, tomó la posta y decidió la creación de una pieza audiovisual, que fue bautizada “Conversación para no olvidar” y rinde homenaje a las 85 víctimas del atentado. “La voz de Buby Mirochnik, registrada hace más de 30 años atrás, nos permitió generar un hecho artístico que denuncia la herida abierta que sigue siendo hoy, para toda la sociedad, el atentado aún impune contra la AMIA”, señala Kapszuk en una entrevista con Infobae.
Del video participan los tres hijos de Buby. Patricia escribió un testimonio que su hermana, Fedora Inés lee en el video y que sirvió como guion. En el video, Omar, con un parecido increíble a su padre, interpreta a un Buby joven, lleno de frescura y sueños por cumplir que quedaron truncados aquel 18 de Julio del ‘94.
Osvaldo Pereda, un cantor de tangos que tiene 89 años, la misma edad que tendría Buby hoy, también aparece en el video cantando “La Ultima Copa”. Su voz se funde con la voz del propio Buby, grabada en aquel cassette. “Cuando cantaba tango se emocionaba mucho, lo vivía, lo sufría, lo sentía en su alma, creo... Hay algo especial sobre el tango. Algo que une a las personas”, relata Fedora.
¿Cómo sucedió el atentado a la AMIA?
La causa AMIA es, quizás, el mayor fracaso de la justicia argentina. Poco después del atentado, las primeras investigaciones apuntaron directamente a Irán y Hezbollah. Se determinó que el ataque había sido perpetrado a través de un coche bomba, en un operativo muy similar al que, dos años antes en 1992, había hecho explotar la sede de la Embajada de Israel. Pero a ese rápido avance inicial le siguieron años interminables de acusaciones cruzadas, corrupción y encubrimiento.
La principal motivación de Irán para llevar adelante el atentado fue la decisión de Argentina de detener la ayuda nuclear a ese país y reorientar su política exterior hacia los Estados Unidos (que incluyó el envío de buques de guerra en apoyo de la coalición liderada por Estados Unidos en la primera Guerra del Golfo). Otros factores que contribuyeron fueron la respuesta ineficaz de Argentina al bombardeo de la embajada israelí en Buenos Aires en 1992, y la ira de Siria por la decisión de Argentina de poner fin a la cooperación en un programa conjunto de misiles (que ayuda a explicar el papel de Hezbollah en el atentado). Según las investigaciones, la decisión de llevar a cabo el atentado contra la AMIA se tomó en los niveles más altos de la República Islámica. Un comité especial formado por el líder supremo Ali Jamenei, el presidente Ali Akbar Hashemi Rafsanjani, el ministro de inteligencia Ali Fallahian y otros funcionarios de alto rango se reunieron en Mahshad, Irán, el 14 de agosto de 1993 para autorizar y planificar el atentado.
El atentado fue llevado a cabo en Argentina por un grupo de agentes de Hezbollah con la ayuda de diplomáticos iraníes apostados en la embajada en Buenos Aires. Los enviados de Hezbollah, liderados por Imad Mughnieh, llegaron a Buenos Aires con pasaportes europeos falsos el 1 de julio de 1994. Una ráfaga de llamadas telefónicas desde el aeropuerto los rastreó hasta Foz de Iguazú en el Área de la Triple Frontera de Argentina, Brasil y Paraguay. Mohsen Rabbani, que estaba a cargo de la operación en Argentina, era el agregado cultural recién nombrado de Irán en la embajada (aunque había estado en Argentina durante once años, se le otorgó inmunidad diplomática recién en marzo de ese año) y estaba a cargo de la logística de la operación. Le ayudaba Ahmad Asghari, tercer secretario de la embajada y miembro de la Guardia Revolucionaria.
Para conseguir un vehículo para el atentado, Rabbani contactó a José Ribelli, miembro de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Ribelli era un policía corrupto que operaba una red de robo de autos. Él, a su vez, utilizó los servicios de Carlos Telledin para buscar un vehículo adecuado, que resultó ser una Traffic marca Nissan de color blanco. El conductor suicida era Ibrahin Hussein Berro, un miembro de Hezbollah de El Líbano que había llegado a Argentina el 1 de julio de ese año.
Los familiares de las víctimas del atentado a la AMIA siguen esperando justicia
Tras el atentado, el gobierno argentino inició una investigación dirigida por el juez José Galeano. Desde el principio, la investigación no tuvo los recursos necesarios para semejante causa, como así tampoco contó con el pleno apoyo del gobierno argentino para su esclarecimiento. Aunque Galeano finalmente acusó a varias personas del atentado, su investigación fue ineficaz y se vio empañada por tantas irregularidades que el grupo de familiares de víctimas más numeroso e importante, Memoria Activa, presentó una demanda ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de los Estados Americanos en julio de 1999, acusando al gobierno argentino de no haber evitado el atentado. Esto derivó en la remoción de Galeano del caso en el año 2004.
Entre esa sumatoria de errores y descalabros, los familiares de las víctimas rescatan un nombre: Alberto Nisman, el fiscal a cargo de la causa AMIA que acusó formalmente a Irán y Hezbollah y pidió en 2007 la captura internacional de nueve iraníes. Sin embargo, pasaron casi 15 años desde ese pedido y hasta hoy, no ha habido un solo detenido. Inclusive, uno de los acusados, Hashemi Rafsanjani, ha muerto.
“En Irán hay hombres que ordenaron matar a nuestros familiares y están libres, guardados. Están libres porque los países terroristas protegen a terroristas”, dice Sofía Guterman, que perdió a su hija en el ataque. “A las víctimas del atentado las siguen matando cada día con una justicia indiferente”.
La investigación de Nisman quedó trunca en enero de 2015, cuando apareció muerto de un disparo en la cabeza. Cuatro días antes había terminado un largo texto en el que acusaba a la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner de encubrir a los iraníes vinculados al atentado. El fiscal apuntó contra el memorando firmado con Teherán para la formación de una comisión de la verdad que tomase declaración a los acusados en su país, a salvo de la justicia internacional. Desde aquel 2015, cada año, la denuncia del fiscal se diluye a la par de una impunidad que crece sin límites.
A lo largo de casi 30 años la causa AMIA se convirtió en una intrincada trama política, cargada de mentiras, corrupción, espías y asesinos. Cada vez más cerca de la impunidad y más lejos de la verdad.
Mientras tanto, los familiares de las 85 víctimas y los sobrevivientes buscan cada año justicia, verdad y memoria.
“Buby” Mirochnik no fue tan sólo una víctima al azar de un atentado violento y repudiable. Fue una víctima más de una interminable y sangrienta campaña de la República Islámica de Irán para silenciar a sus críticos y promover sus nefastos objetivos.
“Todo está escondido en la memoria, refugio de la vida y de la historia”
León Gieco “La Memoria” (2016)
Cobertura relacionada:
Conoce a los enviados de la República Islámica de Irán en Argentina
El clérigo negacionista del Holocausto que apoya a Hezbollah en Argentina
La punta del iceberg: el narcoterrorismo de Hezbollah en América Latina al descubierto
El hombre que puso al descubierto la infiltración clandestina de Irán y Hezbollah en Argentina
Amenazas, explosivos y la zona de la triple frontera: la sombra de Hezbollah sobre Argentina
Propaganda de Irán en el exterior: como Hezbollah coqueteó con Argentina
Fernando Esteche, el hombre que pactó la impunidad del régimen iraní
Publicar comentario